“El camino a la realidad“, el libro del físico inglés Roger Penrose que me he leído este mes parcialmente, es la magnífica edición española (un 10 para el traductor Javier García Sanz) del original del año 2004 “The Road to Reality“. Un libro que cubre los conceptos básicos del modelo estándar de la física moderna y en el que el autor – recordemos, un físico matemático de renombre mundial – discute sobre relatividad general y mecánica cuántica, para luego introducirse en la posible unificación de estas dos teorías.
Considero un deber advertir de la densidad de este libro sobre física, la cual lo hace apto solo para verdaderos amantes de la disciplina que busquen algo más que las típicas ideas generales (las famosas metáforas de Hawking de las os hablé en el libro anterior) de una obra de divulgación. De hecho este extenso libro de casi 1.500 páginas, exige que el lector se haga con unos rudimentos de matemática avanzada para ir progresando en su desarrollo, para lo cual el propio autor dedica 16 capítulos completos (unas 525 páginas) con intención de enseñar las matemáticas necesarias que le permitirán entender la obra.
Toda la escala de este “Camino a la realidad” es realmente asombrosa, baste explicar que Penrose le dedicó 8 años de trabajo y que el epílogo dedicado a la bibliografía consultada supera las 50 páginas. Pese a todo esto y a pesar de que el libro tiene un precio elevado (como corresponde a un volumen de estas caracterísitcas y en tapa dura) es sorprendente descubrir que se esté vendiendo bastante bien. Desde que salió al mercado en castellano en el año 2006, la obra va ya por la cuarta edición, lo cual habla bastante a favor del número y el nivel cultural de los aficionados hispanoparlantes a la física.
Como os comentaba anteriormente, el aspecto físico del libro comienza realmente en el episodio 17 dedicado al espaciotiempo. A partir de ahí, la obra se mueve a través de distintos campos relacionados con este, derivando de él las fuerzas clásicas de la electricidad y magnetismo a partir de sus principios; esto es, que si uno vive en un espaciotiempo de un tipo particular, estos campos se desarrollan de forma natural como consecuencia del mismo. Posteriormente, en los capítulos dedicados a la discusión sobre langrangianos y hamiltonianos, comienza a hablarse de las leyes de la energía y su conservación, tras lo cual el libro se introduce en una discusión completa sobre la física cuántica, teoría de partículas y teoría de campo cuántico. El libro le dedica así mismo un capítulo completo al problema de las mediciones en mecánica cuántica, y casi al final de la obra se dedica un capítulo a las supercuerdas, así como a la gravedad de lazos y a la teoría de twistores (esta última, un desarrollo del propio Penrose). El libro concluye en el capítulo 34 (especialmente recomendable y cuyo título da nombre al libro) con una exploración a otras teorías y a posibles evoluciones de estas últimas.
La concepción del libro es verdaderamente original ya que no se limita a hacer un breve resumen histórico del modo en que los científicos fueron creando, a través de sus observaciones, las ecuaciones que explicaban la naturaleza. En lugar de esto el autor revierte el proceso, demostrando primero las matemáticas necesarias para discutir el espaciotiempo en el que parece que vivimos, y explicando que las propiedades – como el electromagnetismo – se forman simplemente a partir de las características del propio espaciotiempo. El autor además no esconde su perspectivas personales y toma partido en las discusiones académicas del momento, lo cual podría ir un poco en contra de la tradicional “corrección política” de las obras de divulgación. De este modo descubrimos que Penrose (un confeso platonista) es bastante escéptico con la teoría de cuerdas (al respecto son muy interesantes sus conclusiones sobre las modas en física), y que prefiere los trabajos de su amigo Lee Smolin en gravedad cuántica de lazos. Al mismo tiempo es optimista sobre su propio desarrollo, la teoría de twistores, y muestra su controvertido y especulativo punto de vista sobre el papel de la consciencia en la física, que según su parecer podría dar lugar a una biofísica cuántica de la mente. (Permitidme recordaros que han sido precisamente las teorías de la mente de Penrose, junto a los trabajos del anestesista Hameroff, los que han popularizado el concepto de mente cuántica).
En fin, un incunable que no debería faltar en las estanterías de cualquier facultad de física y que es preciso leer muy, muy (pero que muy) poquito a poco. De hecho debo confesar que en todo este mes no he podido leer el libro en toda su extensión (apenas una cuarta parte), por lo que he ido leyendo capítulos alternos, completando mis conclusiones con conceptos generales extraidos de otras críticas al libro. Es más, creo que esta obra (como cualquier otra con caracter enciclopédico) no debería ser leída de forma continua, como si de una novela se tratara, sino que su intención es la de ser consultada, degustada y paladeada tras prepararse intelectualmente con ahinco para ello.
Mentiría si no reconociera que las exigencias matemáticas del libro me han superado en buena parte del mismo. El propio autor advierte al lector de este problema en el prólogo del libro, aunque sugiere que se lea de todos modos para intentar captar la belleza de las matemáticas en líneas generales. Penrose ejemplifica esta extraña metodología de lectura, con notas autobiográficas. Según él, cuando era pequeño no soportaba el ajedrez (juego muy apreciado y seguido por el resto de miembros de su familia) y aunque se perdía siguiendo los desarrollos de partidas famosas, le gustaba leer en las publicaciones que llegaban a su casa, la “épica” de esas partidas y los datos biográficos de los jugadores. Eso es lo que Penrose pide a los lectores, que no se sientan intimidados por las omnipresentes ecuaciones, y que enfoquen sus esfuerzos a intuir “la belleza y la magia” del universo que nos rodea y sus matemáticas.
Desde luego, si encontraste serias dificultades conceptuales leyendo los libros divulgativos sobre física de Hawking, no es una buena idea que trates de “rellenar” los vacíos enfrentándote a Penrose. Pero si mañana todo el saber sobre física del planeta fuera a desaparecer, y tuvieras que rescatar un solo libro sobre el que edificar de nuevo una explicación al entramaje natural del universo; si tuvieras que elegir una única obra de “metadivulgación” ambiciosa que sirviera de legado a las generaciones posteriores, este es el libro que te aconsejaría.
Por Miguel Artime